Episodios

  • San José
    Mar 16 2026

    San José

    No sabemos mucho de San José. Su vida está envuelta en silencio. Hay un libro titulado los Silencios de San José, que intenta rellenar esos vacíos. No tenemos nada de él, ninguna reliquia, ningún mueble hecho por él, ni siquiera el lugar de entierro. En el evangelio José no dice nada; no nos ha dejado ninguna palabra. Lo vemos siempre detrás de María, en la sombra. No sabemos ni cuando murió. Por eso no es fácil hablar de él.

    Dios concedió a María, la madre de Jesús, las gracias y los talentos necesarios para ser la madre de Dios; por eso decimos que no hay ningún ser humano como ella. Dios nos da las gracias que necesitamos para cumplir nuestra misión. Después de María, José. Su misión fue hacer de padre de Jesús. Por eso Dios le dio las gracias para ello. No fue una tarea fácil. Podía haber hecho lo que quisiera en la vida. Tenía los talentos suficientes como para llegar a ser emperador romano. Sin embargo, se dedicó a cortar maderitas. Vino, hizo lo que Dios le pidió, cumplió su misión, y desapareció. Y aquí estamos, veinte siglos después hablando de él, intentando descubrir su vida. Queremos conocerlo mejor, para que nos ayude, aprender de él y que nos acerque a Dios.

    Fue un hombre ordinario, un trabajador que se ganó la vida trabajando con sus manos. Procuró el sustento de su familia y protegió a su mujer y al niño. Nos resulta cercano, pues nosotros hacemos lo mismo. Vivimos nuestras vidas trabajando y cuidando a nuestros seres queridos. José vivió en una aldea perdida, sin electricidad y agua corriente, como la mayoría de los seres humanos han vivido. Pasó su vida trabajando en su taller de carpintero, enseñando su oficio a Jesús. Celebramos cada año la fiesta de San José obrero el primero de mayo.

    En medio de su vida muy ordinaria, podríamos decir que incluso aburrida, vivió entre dos tesoros inmensurables: María y Jesús. Podemos imaginarnos cómo fue su vida, entre lo que llamamos Sagrada Familia, la Trinidad de la tierra. No ha habido ni habrá una familia como esta. Es el modelo de toda familia cristiana. Podemos aprender y tratar de vivir como ellos. José es nuestro mejor maestro, porque es más cercano a nosotros, discreto, callado, humilde, silencioso. Nos podemos poner en su lugar.

    Santa Teresa de Ávila tenía a San José como su santo favorito. Confió su primer convento a su patrocinio. Ella dice que San José nunca la defraudó, que siempre le concedió lo que le pidió. Las Carmelitas tienen una estatua del santo que solía hablar a la santa; se le ve con la boca abierta. Hoy le pedimos a San José que nos hable, que nos ayude a vivir con su Sagrada Familia.

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  • Cuarto Domingo de Cuaresma
    Mar 10 2026

    El ciego de nacimiento

    El domingo pasado nos fijamos en el agua, uno de los cuatro elementos naturales, indispensables para la vida humana. Pertenece al inicio de la vida cristiana, cuando somos bautizados. Sin agua no es posible ni la vida natural, ni la sobrenatural. Este domingo consideramos otro elemento crucial, la luz, sin la cual tampoco puede crecer la vida. Es parte del rito del bautismo, cuando acercamos al recién bautizado una vela encendida, que simboliza la pureza del alma, llena de luz. Jesús es la luz que vino a dispersar las tinieblas. En la Vigilia Pascual representamos esta realidad, cuando poco a poco, encendiendo las velas que la gente tiene en sus manos, se ilumina toda la iglesia.

    Hoy en el Evangelio nos encontramos con un ciego de nacimiento. Es difícil para nosotros hacernos cargo qué significa ser ciego. Intenta cerrar tus ojos y mantenlos cerrados por un buen espacio de tiempo; no creo que dures mucho. La ceguera de nacimiento es más dura, pues no puedes soñar con imágenes. Una vez intentaron explicar a un ciego el color rojo. Después de muchas explicaciones, intentando compararlo con un instrumento caliente, el ciego dijo que debía ser similar al sonido de una trompeta. Los colores no tienen mucho que ver con los sonidos. Imagina cuando comparamos las cosas espirituales. Debido al pecado original estamos medio ciegos, y necesitamos que Jesús nos cure de nuestra ceguera, para poder verle.

    Jesús hizo barro con su saliva, se lo puso en los ojos del ciego, y le dijo que se fuera a lavar a la piscina de Siloé. ¿Por qué lo hizo? Podía haber tocado sus ojos y haberlos curado. Es un recuerdo de que estamos hechos de barro, de que nuestros pies se pueden romper fácilmente. La piscina de Siloé estaba afuera de los muros de la ciudad. El ciego podía haber ido a una fuente cercana a lavarse los ojos, pero no hubiera servido. Jesús quería que caminara con fe, que enseñara a los otros su confianza en Dios. Podía caminar con el barro en sus ojos, porque era ciego y conocía el camino de memoria. Nosotros también tenemos que enseñar a lo demás que confiamos en Dios. La saliva de Dios lo curó, pero tenía que mezclarse con nuestro barro, con nuestra humanidad.

    Echamos en falta algo, cuando no lo tenemos. No nos damos cuenta habitualmente de que estamos ciegos al mundo espiritual. Valoramos nuestros ojos cuando no podemos ver, de la misma manera que cuando nos duelen o necesitamos gafas. Tenemos dos ojos porque son muy importantes. También tenemos dos orejas para poder oír mejor. Pero sólo tenemos una boca para no hablar demasiado. Reconocemos que estamos ciegos, cuando percibimos que los santos ven cosas que nosotros no vemos. Nos gustaría ver lo que ven. Podríamos ver con los ojos de Jesús. Santa Teresa de Ávila quería saber el color de los ojos de Jesús, cuando este se le aparecía; dice que cuando lo intentaba, la aparición desaparecía.

    Hoy le pedimos a Jesús que nos cure de nuestra ceguera espiritual. Primero tenemos que reconocer que nuestra alma tiene ojos, y que estos están cerrados. Luego tenemos que dejar que él nos ponga barro en ellos, y andar con la cara sucia, enseñando a los otros nuestra ceguera, hasta que nos acerquemos a las aguas de la confesión. Y debemos hacerlo, no una o dos veces, sino miles de veces. Poco a poco comenzaremos a ver, al principio sombras, luego chispas de luz. Cuanto más los limpiemos, más luz veremos. No podemos ver toda la luz desde el principio pues nos dañaría los ojos. Y así podremos descubrir las maravillas de la vida espiritual.

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  • Tercer Domingo de Cuaresma
    Mar 2 2026

    La Mujer Samaritana

    Hoy nos encontramos con un Jesús más diferente, menos atractivo, más humano, más como nosotros. Después de dos días de viaje desde Jerusalén, está cansado, sucio y sediento. Está solo, sentado en el brocal del pozo de Jacob. Sus discípulos han ido al pueblo vecino para conseguir alimentos y bebidas. Nadie se ha quedado con él. Estaban demasiado hambrientos o sedientos para quedarse con él. Jesús no podía más y tuvo que sentarse a descansar. O quizás estaba aguardando a la mujer Samaritana y a cada uno de nosotros. Cuantas veces dejamos solo a Jesús, ocupados en nuestros pasatiempos, o disfrutando de nuestros placeres. Y nos olvidamos de los demás.

    Es mediodía, el sol está en lo alto del cielo, la parte del día en que todo está quieto y en silencio, salvo el ruido de las cigarras. Jesús mira al agua fresca en el fondo del pozo con un deseo imposible. Una mujer viene sola llevando una jarra en su cabeza, moviendo su cuerpo provocativo. Viene a esta hora para evitar las otras mujeres que están enfadadas con ella, porque les ha robado los maridos. Ella es muy bella y Jesús está lleno de polvo. Dos actitudes diferentes ante la vida: una mujer frívola con un cubo, y un Dios sucio y sediento. Estamos inclinados a mirar más a la mujer que a Jesús.

    Ella ignora a Jesús. Judíos y Samaritanos no se hablaban entre ellos. Y una mujer no hablaba a solas con un hombre. Menos cuando su vida estaba muy revuelta. Pero Jesús, venciendo su cansancio, y no teniendo en cuenta su situación pecadora, comienza a hablar con ella. Ahí estamos todos representados en esta mujer, en su situación fragmentada, en su deseo de conseguir agua y ser feliz. Jesús nos da un buen ejemplo de cómo acercarnos a las almas, incluso aquellas que están muy lejos de él. Comienza a hablar con la mujer de lo que le interesa, acerca del agua que viene a buscar al pozo. Nosotros hablamos de lo que nos interesa y encontramos difícil saber qué es lo que les importa a los demás.

    Jesús le pide de beber. Un Dios sediento, sin cubo para sacar agua. Lo mismo dice en la cruz: tengo sed. Esas palabras están en todas las capillas de las monjas de la Madre Teresa de Calcuta. Aunque no necesita nada, Dios siempre comienza pidiendo. Está sediento de nuestro amor. Espera que nos demos a él, que lo pongamos como centro de nuestras vidas. Mejor; nos dice lo que realmente nos pasa: que estamos sedientos de él. Somos como el ciervo del salmo que está deseando el agua clara y pura del manantial. Y volvemos cada día a sacar agua del pozo terreno, que nunca nos puede saciar. Nuestro corazón es un cubo lleno de fisuras, imposible de contener el agua sucia que intentamos conseguir de los charcos del camino.

    Solo Dios nos puede dar esa agua limpia y fresca. Eso es lo que le dice Jesús a la mujer Samaritana: Yo soy el único que puede darte esa agua viva, que cuando la bebas, no tendrás más sed. Un agua viva, llena de energía, con suficiente alimento para llegar hasta la vida eterna. Entonces, no tendrás que volver a este pozo. No tendrás que buscar otras fuentes para saciar tu sed. Es el agua que brotó de mi costado en la cruz, cuando el centurión abrió mi costado. Es la gracia que brota de la Misa cada vez que venimos a beber de la herida en su costado. ¡Si conocieras el don de Dios!

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  • Segundo Domingo de Cuaresma
    Feb 23 2026

    La Transfiguración de Jesús

    El domingo pasado fuimos con Jesús al desierto. Esta semana nos pide que le acompañemos al monte Tabor. Bajamos a través de la penitencia y el arrepentimiento; ahora, purificados y limpios, ascendemos hacia las alturas de la vida espiritual, con las nuevas alas que el sacrificio y la mortificación nos han dado. Aunque el monte sólo se alza 300 metros sobre la planicie, parece más alto de lo que es, porque se encuentra sólo en una llanura. Desde su altura se contempla una magnífica vista y una iglesia hermosa. Aunque solo se tarda una hora en subir andando, el camino no para de ascender. Cuanto más alto subes, más se ve.

    Te sientes más cercano a Dios cuando llegas a la cima. Es parte de nuestra penitencia cuaresmal, el ascender la montaña de nuestros pecados, hacia Dios, dejando las cosas materiales detrás. No puedes llevar mucho peso, si quieres seguir a Jesús y llevar su ritmo. Cuanto más cercano a la cima, más luz encuentras que te rodea. Los santos aman las montañas donde se encuentran con su Creador. Han recibido muchas gracias allá arriba. El aire es más fresco, la luz más pura, la soledad te da la bienvenida, el silencio te envuelve y sientes que Dios te escucha. Por encima de los ruidos y distracciones de la sociedad, allí encuentras una mejor conexión con Dios.

    Jesús tomó consigo a sus tres apóstoles favoritos, Pedro, Juan y Jaime, para que le acompañaran: el primer Papa, el primer apóstol mártir y el último en morir. Se los llevó con él en otras ocasiones, pero especialmente fueron testigos de la transfiguración y de la agonía en el huerto de los olivos. Fueron los dos puntos más altos y bajos de su existencia terrena. Los dos en terrenos hermosos, un monte y un jardín. Fueron los tres únicos apóstoles que presenciaron ambos sucesos impresionantes. ¿No llevaría Jesús con él? ¿Somos parte de sus íntimos amigos? ¿Estamos dispuestos a soportar los puntos altos y bajos de la vida cristiana?

    ¿Por qué Jesús se transfiguró delante de ellos? Para mostrarles su divinidad, justo antes de que les mostrara su horrible pasión y muerte. Hace los mismo con nosotros. Si nos toma consigo hacia las alturas de la vida espiritual, también nos pedirá que le acompañemos a través de su sufrimiento y penitencia. Es la historia de todo santo. Eso es la razón de no haya muchos santos. Nos gustan las experiencias místicas, pero huimos de la cruz. En ambos sucesos, los tres apóstoles favoritos se durmieron, dejando sólo a Jesús. Nosotros también nos dormimos. Pero si sus tres mejores apóstoles no pudieron mantener los ojos abiertos, nosotros no deberíamos sentirnos muy mal cuando hacemos lo mismo.

    Cuando llegaron a la cima, Jesús comenzó a rezar. Esta escena del Evangelio se muestra tradicionalmente como el icono de la contemplación. Antes de descubrir la divinidad del Señor, necesitamos pasar tiempo orando, contemplando su humanidad. Sólo cuando conseguimos concentrarnos, desasidos de toda atadura terrena, sentados encima de nuestras miserias, podemos descubrir la verdadera faz de Cristo. Debió ser una experiencia apasionante, cuando los tres apóstoles se despertaron y se encontraron enfrente del Jesús real, tal como es. Nunca se olvidaron de esa visión. Jesús hace lo mismo con nosotros. Cuando nos pide que compartamos en los sufrimientos de su cruz, también nos envía un poco de miel, una chispa de cielo, una muestra de su hermosa faz.

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  • Primer Domingo de Cuaresma
    Feb 18 2026

    Las Tentaciones de Jesús

    Jesús se retira al desierto guiado por el Espíritu para ser tentado. Quiere compartir nuestra experiencia diaria. Así entra en el drama de la existencia humana. Lo acompañamos para aprender de él, para participar de su fuerza. Jesús combate y se defiende como hombre, con las mismas armas que nosotros tenemos. Vamos al desierto con Jesús, como los padres del desierto, para hacernos más fuertes y estar a punto para luchar con el maligno. En el desierto no hay distracciones, no realidad virtual, no lugar donde esconderse. Es más fácil ver venir al demonio con sus falsedades; menos difícil derrotarlo. Lo sacamos de la ciudad y lo traemos a nuestro campo. Aquí somos tres, y el enemigo está en desventaja; con Jesús somos dos contra uno.

    Esta Cuaresma vamos a pasar 40 días con Jesús ayunando y rezando. Los judíos estuvieron merodeando 40 años por el desierto. Moisés y Elías pasaron 40 días en oración y penitencia antes de encontrarse con Dios. 40 es un número bíblico que significa ser probados y descubrir quienes somos. Después de 40 días de ayuno, Jesús se encontró débil y el demonio aprovechó para tentarlo. Los tres enemigos del hombre son el demonio, el mundo y la carne. El mundo son los demás y la carne somos nosotros. Podemos ser atacados por uno, dos o tres de ellos. El peor somos nosotros, nuestro mayor enemigo.

    ¿Por qué Jesús se dejó ser tentado? Es un misterio. Quizá el demonio quería saber quién era Jesús, que fuerte era. Somos testigos de un combate entre Dios y el demonio. Podemos escoger qué lado apoyamos. Esperemos que vayamos con Dios, pues él siempre gana. En la historia de la humanidad al final Dios vence, aunque a veces parezca que es el demonio el que se lleva la mejor parte. Dios utiliza los ataques y acechanzas del maligno para llevar a cabo sus planes. Debe ser muy frustrante para el demonio el ver su trabajo fracasar al final. Aunque se vuelve más experimentado con el tiempo, nunca podrá vencer a Dios. En la crucifixión, Satanás pensó que iba a ganar matando a Jesús, pero solo consiguió nuestra redención.

    ¿Por qué Dios nos deja ser tentados? Las tentaciones en si mismas son indiferentes. Son buenas si ganamos; son malas si perdemos. Nos ayudan a crecer en amor y virtud. Le pedimos a Dios que nos las quite de encima porque no queremos problemas. Pero nos ayudan a ser más fuertes, a mostrar que amamos a Dios antes que a nosotros mismos y nos hacen más humildes, pues necesitamos su ayuda. Nos damos cuenta qué débiles somos y nos ayudan a aumentar nuestros méritos.

    Aprendemos a conocernos. Normalmente somos tentados de la misma manera. Oscar Wilde andaba muy despacio escapando de la tentación, porque quería que le cogiera. Sabemos que si vamos a dormir tarde nos levantamos de mal humor. Una vez comenzamos a hablar de un tema concreto perdemos nuestra calma. Si voy de copas con esta persona beberemos demasiado. Cuando comienzo a comer cacahuetes no puedo parar. Sabemos que nunca seremos tentados por encima de nuestra capacidad. Tenemos todas las armas para resistir. Debemos utilizar las adecuadas. La Biblia es una buena arma; Jesús la utiliza contra el demonio. El Papa Francisco dice que deberíamos utilizar la Biblia como utilizamos nuestro móvil: lo llevamos con nosotros, lo miramos frecuentemente y nos sentimos desnudos sin él. La mejor arma contra el demonio es la Virgen.

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  • Miércoles de Ceniza
    Feb 16 2026

    Miércoles de Ceniza

    “Vuelve a mí”, el Señor nos dice en la primera lectura de la Misa de hoy. Significa que hemos abandonado el camino, que hemos perdido nuestra dirección y tenemos que parar y dar media vuelta. Hemos ido en dirección contraria, hacia nuestro yo, nuestro egoísmo y nuestra soberbia. Jesús nos dice: vuelve a mí, da la vuelta, cambia de sentido, haz un giro de 180 grados. No es fácil hacerlo. Hace falta una pequeña conversión, reconocer que estamos equivocados y volver a poner a Dios como centro de nuestra vida. Abandona los impulsos de tu corazón, que no te hacen feliz, y vuelve a tu Padre Dios, que da sentido a tu vida.

    Cuando el sacerdote ponga hoy las cenizas en tu frente, te recordará las palabras de la Escritura: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás.” Es un recuerdo de que sin Dios no somos nada, que sin él, todo lo que nos queda es un poco de ceniza que vemos en este plato. El viento se lo va a llevar con su fuerza. Volveremos a la tierra que nos vio nacer. Nos ponen las cenizas en la frente para que tengamos nuestros pensamientos bien centrados. La Iglesia quiere inscribir en nuestra mente algo que es muy importante. Memento mori. Recuerda que somos mortales. Recuerda que venimos de Dios y a él retornamos.

    En el libro El Alquimista, el chico pregunta: “Por qué tenemos que escuchar al corazón.” Y el viejo responde: “Porque donde está el corazón, ahí está nuestro tesoro.” Ubi thesaurus cor: nuestro tesoro está donde nuestro corazón. Para descubrirlo tenemos que escuchar sus latidos. No es algo que estemos acostumbrados, pues normalmente no oímos los latidos del corazón. Los escuchamos con el estetoscopio. El Papa Francisco dice que “nuestro corazón siempre señala hacia una dirección. Es como la aguja de un compás que siempre busca el norte. También lo podemos comparar con un imán que necesita pegarse a algo.” Es bueno saber lo que es.

    El Papa Francisco en una de sus homilías del miércoles de Ceniza propone tres pasos para la Cuaresma: “Limosna, oración y ayuno. ¿Para que sirven? Nos recuerdan tres realidades que no desaparecen. La oración nos reúne con Dios; la limosna a nuestro prójimo; el ayuno a nosotros mismos. Dios, mi prójimo y mi vida: son realidades en las que debemos invertir. La Cuaresma nos invita a concentrarnos primero en Dios, a través de la oración, que nos libera de esa vida mundana y horizontal, centrada en nosotros. Nos invita a fijarnos en los demás con la limosna, que nos libera de la vanidad de adquirir y pensar que la cosas son solo buenas si son para mí. Y finalmente, la Cuaresma nos invita a fijarnos dentro del corazón, con el ayuno, que nos libera de los apegamientos a las cosas que adormecen el corazón. Ayuno, limosna y oración: son tres inversiones en los tesoros que nunca caducan.”

    En este viaje a través de la Cuaresma, ¿Dónde debemos fijar nuestros ojos? ¿Dónde debemos centrarnos? La Iglesia tiene la respuesta: en Cristo crucificado. Es bien sencillo: Jesucristo está en la cruz, y si queremos encontrarlo, debemos subir al madero de la cruz.

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  • 6 Domingo A Sí, sí; no, no
    Feb 11 2026

    Sí, sí; no, no

    “Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no».” Esta era la consigna de un colegio de chicos, para ayudarles a que fueran sinceros. Cuando trabajaba en un colegio, a veces los chicos me preguntaban porque tenían que decir la verdad, si con una mentira podemos evitar un problema. Les decía que Jesús es la Verdad y si querían estar cerca de él, debían ser sinceros. Debemos decir lo que pensamos. Gulliver en uno de sus viajes desembarca en una isla habitada por caballos que hablan. Intenta explicarles cómo son los humanos. No les cabía en la cabeza, cómo podíamos mentir; como podemos pensar una cosa y decir otra. Dicen que la diferencia entre los humanos y los computadores es que estos no saben mentir, pues han sido programados para que siempre digan la verdad. Quizá ahora con la Inteligencia Artificial las cosas cambien, pues intentan hacerlos lo más humanos posibles.

    La sociedad necesita la verdad para funcionar establemente. Vivimos en un mundo relativista donde la gente no está interesada en la verdad. Solo nos interesa nuestra verdad. Sino vivo como pienso, cambio mi verdad. El internet está lleno de noticias falsas. Nos gusta acceder a páginas web que dicen lo que pensamos. El protagonista de una famosa película dice: No estás dispuesto a aguantar la verdad. Es verdad, nos cuesta soportarla, vivir de acuerdo con ella, con la V en mayúscula. Los mártires mueren por lo que creen. ¿Estamos dispuestos a morir por ella?

    Primero debemos ser sinceros con Dios. A veces intentamos engañarle, aunque es imposible, pues lo sabe todo. Pero no queremos enfrentarnos con él. Lo ignoramos, vivimos como si no existiera. Acudimos a él cuando tenemos problemas para que nos los solucione. En vez de amarlo, le tenemos miedo. Quizá le rezamos una vez al día antes de irnos a la cama. Deberíamos ser más generosos con él, darle más tiempo, para intentar ver las cosas a través de sus ojos. Alguien dijo que por lo menos deberíamos mirar a Dios en sus ojos una vez al día. Antes o después vamos a ver su faz.

    En el templo de Apolo en Delfos había una famosa inscripción: Nosce te ipsum, conócete a ti mismo. Es una de las cosas más difíciles en la vida. Porque vivimos todo el tiempo dentro de nosotros. No nos gusta como somos y nos creamos una imagen diferente. Lo podemos observar en cualquier persona desde fuera. Prefiero otra inscripción: Ama te ipsum, ámate a ti mismo, ama la persona que Dios ha creado. Dios no ama una persona virtual sino la que somos. Sino nos aceptamos como somos, no podemos ser sinceros con nosotros mismos. La mejor manera de conocernos es abrirnos a otro que nos pueda escuchar y comprender, decirnos cosas desde fuera. El hombre solo se diluye.

    Por último, ser sinceros con los demás. Es muy importante en las relaciones humanas, porque si no somos sinceros, la gente no puede confiar en nosotros. No es fácil vivir con una persona que está constantemente mintiendo. Como dice Jesús, “la verdad nos hace libres.” Deberíamos intentar morder la mentira antes de que salga. Así poco a poco podemos ganar la batalla de la sinceridad.

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  • 5 Domingo A Sal y Luz
    Feb 5 2026

    Sal y Luz

    Jesús nos recuerda hoy en el evangelio que los cristianos somos sal y luz: la sal de la tierra y la luz del mundo. Se relacionan con los sentidos de ver y gustar. Sin la luz no podemos ver. Sin la sal la comida se vuelve insípida. Jesús no dice lo que debemos ser, sino lo que somos. Y lo somos por nuestro bautismo. No porque seamos mejores, no porque lo hemos hecho bien, no porque lo merecemos, sino porque él ha querido. Somos un don. Se lo que eres.

    Somos únicos a los ojos de Dios. No hay nadie como nosotros; somos irrepetibles. La sal era muy apreciada en la antigüedad. Los judíos ponían sal en sus sacrificios a Dios para hacerlos más agradables. Los griegos consideraban la sal como algo divino. A veces los soldados romanos eran pagados con sal. En un tiempo en que no había neveras, la sal preservaba los alimentos. Dicen que el cuerpo humano suele contener medio kilo de sal. Al compararnos con la sal, Jesús nos dice que somos importantes ante sus ojos.

    ¿Qué significa ser sal? Es blanca y pura; deberíamos vivir una vida limpia, diferente a la vida insípida de los demás. Da sabor a la comida; deberíamos hacer el mundo más agradable y humano. Desinfecta las heridas; deberíamos preservar a la sociedad de los efectos del pecado. Derrite los hielos de las carreteras; deberíamos deshelar los corazones y arrastrarlos al calor de la fe. Preserva los alimentos de corrupción; deberíamos parar lo que desintegra la sociedad. Produce sed; deberíamos fomentar el deseo de Dios. “Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.” Sería una pena perder el sabor y volvernos insípidos.

    La luz es muy importante. Sin la luz del sol no habría vida en la tierra. Los ojos son quizá nuestra mejor herramienta. Lo mismo ocurre en la vida espiritual. Sino vemos, no nos movemos. Dios es la luz. Lo primero que hizo al crear el mundo fue separar la luz de las tinieblas. No podemos ver a Dios sin su luz. El demonio es el príncipe de las tinieblas. El infierno está completamente oscuro. Cuando bautizamos a un niño encendemos una vela para significar que su alma está llena de luz. Le pedimos a los padres que la mantengan encendida, que cuiden de la fe de sus hijos. Jesús vino a disipar las tinieblas con su luz.

    Somos la luz del mundo, pero no nuestra luz, sino su luz. Deberíamos dejar que su luz brille en nosotros. Tenemos que aprender a reflejar su luz. Como la luna que refleja la luz del sol. Comparamos a la Virgen con la luna. Deberíamos ser como el faro en la costa que anuncia a los marineros donde están las rocas, donde están los peligros. Somos el faro, pero Jesús es la luz que ilumina desde dentro. Podemos ser un faro maravilloso, pero sin luz, somos inútiles. Para dar luz hay que tenerla. Pedimos a María, estrella del mar que alumbre nuestro camino y sepamos dar sabor a nuestra vida.

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