Homilías de cuatro minutos Podcast Por Joseph Pich arte de portada

Homilías de cuatro minutos

Homilías de cuatro minutos

De: Joseph Pich
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Homilías cortas del domingo© 2026 Homilías de cuatro minutos Cristianismo Espiritualidad Ministerio y Evangelismo
Episodios
  • Bautismo de Jesús
    Jan 6 2026

    Bautismo de Jesús

    Con el bautismo de Jesús se acaba la Navidad. Es una pena porque nos encantan las fiestas navideñas y ahora nos toca esperar todo un año. Pero estamos al principio de un año nuevo, con toda la emoción que conlleva. Hoy Jesús comienza su vida pública, donde nos muestra su divinidad y nos transmite la buena nueva del evangelio. Y lo hace de la misma manera con que comenzamos nuestra vida cristiana: limpiando con agua nuestro pecado original.

    Jesús es Dios, sin pecado ni mancha, y no necesitaba ser bautizado. Sin embargo, quiso pasar por el bautismo de Juan, para purificar el agua y darle poder para limpiarnos. Juan el Bautista no quería bautizarlo. Entendemos porque él quería ser bautizado por Jesús. Estuvieron a punto de pelearse. A la primitiva Iglesia esta fiesta le produjo un poco de duda, porque el bautismo es para los pecadores. Poco a poco se dieron cuenta de que Jesús, como en su muerte en la cruz, tomó sobre sus hombros todos nuestros pecados, nuestras iniquidades, infidelidades, y las sepultó en las aguas del rio Jordán. Del mismo modo que las aguas de un rio limpian todo lo que se encuentran a su paso, ocurre lo mismo cuando nos bautizan.

    ¿Te acuerdas de tu bautizo? A la mayoría de nosotros nos bautizaron cuando estábamos recién nacidos, y no nos acordamos de nada. A mí me bautizaron al día siguiente de nacer, en la capilla del mismo hospital. Quizá algunos de vosotros tengáis videos del momento, y os podéis ver llorando porque al agua estaba fría y os despertaron de vuestro sueño. Es un buen momento hoy para recordar lo que ocurrió ese día. Si pudiéramos ver el cambio que ocurre en el alma del bebé, cuando el sacerdote vierte el agua sobre su cabeza, nos asombraría enormemente. Es una transformación automática, de un alma cerrada a la gracia, oscura como un agujero negro, a una efusión de luz y brillantez, blanca e inmaculada. De repente el cielo se abre, y aparece Dios resplendente como el sol en todo su esplendor, diciéndonos que somos sus hijos, mientras nos abraza con fuerza en sus brazos. Algo similar ocurrió durante el bautismo de Jesús, cuando los cielos se abrieron y una voz desde lo alto declaró: Este es mi hijo amado.

    Somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy contemplamos una maravillosa manifestación de la Santísima Trinidad. Vemos a las tres personas divinas conjuntamente en acción. El Padre representado por la voz, el Hijo siendo bautizado y el Espíritu Santo volando como paloma. Es la primera vez que vemos en el evangelio una representación gráfica de ellos. Es lo que ocurre en el alma del bebé bautizado, cuando estamos en gracia y conservamos nuestra amistad con Dios, la Santísima Trinidad viene a habitar en nuestra alma.

    Bautizar significa sumergir. Hoy es un buen día para sumergirnos, bucear en la inmensidad de Dios. Podemos morir un poco a nosotros mismos, ahogándonos en el agua, y renacer de nuevo, para vivir un año lleno de esperanza y promesas. Salimos del agua como el ave fénix, transformados. Del mismo modo que el agua tocó la piel de Jesús, hoy podemos dejar que Dios lave nuestra alma, purificando nuestras imperfecciones.

    josephpich@gmail.com

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  • Epifanía
    Jan 3 2026

    Epifanía

    Los tres Reyes Magos vieron la estrella y la siguieron. Esa es la historia de sus vidas, de su encuentro con Dios, de su lugar en la historia. Es asombroso, como siguiendo a una estrella, se encontraron con un bebé y descubrieron al Mesías. Desde un punto de vista humano es cosa de locos. ¿Por qué una estrella pasajera provocó esa reacción en los Magos? ¿Cómo se sigue a una estrella? ¿Dónde o cuando se parará? Estas son preguntas que nos afectan. También nosotros hemos descubierto una estrella, la estamos siguiendo, y esperemos que un día nos lleve a Jesús. Es de locos, pero es la aventura de nuestra vida.

    ¿Cómo se descubre la estrella? Buena pregunta. No es fácil. Los Magos de Oriente se dedicaban a la astronomía, al estudio los planetas y las estrellas, para encontrar razones de su existencia. El hombre siempre ha mirado hacia el espacio, para tratar de entender de dónde venimos y hacia donde vamos. Nosotros también tenemos que dedicar tiempo para discernir los signos, las chispas, las huellas que Dios ha dejado en nuestro camino para descubrir su voluntad. La hallamos a través de la oración, la contemplación, el silencio y la reflexión.

    No es suficiente descubrir la estrella; hay que seguirla. Mucha gente la ve, pero no la sigue. Otros comienzan a andar, pero se desaniman; paran y se vuelven atrás. No es fácil perseverar en un viaje hacia lo desconocido. No sabemos cuánto va a durar, a donde va a acabar, si es el camino verdadero, o si nos hemos equivocado de dirección. Quizá nos hayamos pasado un cruce. A veces caminamos por el desierto, por un terreno pedregoso, gargantas profundas, junglas impenetrables. Otras veces hay ladrones esperándonos, para atacarnos cuando estemos distraídos; bestias salvajes al acecho para devorarnos, ríos desbordados, precipicios sin vuelta atrás. Quizás nos encontremos con incendios, tormentas de arena, plagas de langostas o rayos destructores. De vez en cuando la estrella se oculta detrás de las nubes y pensamos que no existe o que ha desaparecido.

    Como dice el Papa Francisco, “Jesús se deja encontrar por los que le buscan.” Sabemos que no estamos solos, que él viaja con nosotros, aunque no le veamos. Para buscarlo debemos dejar detrás todo lo que nos retrasa. Debemos viajar ligeros, con poco peso, para poder seguir el paso de la estrella. Debemos fijar nuestros ojos en el horizonte, sin distraerse por las cosas maravillosas que encontramos a nuestro paso. El demonio intenta que perdamos velocidad, que nos quedemos anclados en el barro, que nos desviemos de la dirección correcta, o que nos volvamos por donde vinimos. Si perseveramos hasta el final encontraremos al Niño Dios. Pase lo que pase, la estrella está siempre allí arriba mirándonos.

    Llegamos al establo con las manos vacías sin nada que ofrecer. Venimos al mundo desnudos y lo dejamos sin nada a que agarrarnos. La abuela del Papa Francisco decía que la mortaja con que nos enterrarán no tiene bolsillos. ¿Qué podemos ofrecer al Niño Dios? Le podemos entregar nuestra vida. Un bebé saca lo mejor de nosotros.

    josephpich@gmail.com

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  • Santa María Madre de Dios
    Dec 28 2025

    Santa María Madre de Dios

    Comenzamos el año con María nuestra madre. Celebramos su fiesta más importante: su maternidad divina, Madre de Dios. Hoy solíamos celebrar el nombre de Jesús, Manuel, pero la Iglesia se dio cuenta de que cuando tenemos un bebé, tenemos una madre. Ella es la más importante. No hay bebé sin madre. Jesús no puede hacer nada sin ella. El niño Dios tuvo conciencia de sí mismo al sentir otra persona cuidándole. Su identidad vino de los afectos y cuidados de María. Ella le alimentó con su leche, le mantuvo caliente en sus brazos, le cambió los pañales, le cantó canciones de cuna, le meció en su cuna, le enseñó a hablar y le siguió en sus primeros pasos.

    Hoy celebramos esta fiesta porque hace nueve meses María dijo que si a Dios. Fue el principio de la encarnación, cuando Dios se hizo hombre. Tomó nuestra carne y vino al mundo de la misma manera que todos venimos. Fue el principio de nuestra salvación, la obra de la redención. Y todo comenzó cuando una mujer joven, casi niña, respondió a la llamada de Dios. Nos recuerda de la importancia de seguir los planes de Dios, sin tener en cuenta sus consecuencias. Dios suele condicionar sus planes a la generosidad de nuestra correspondencia.

    El dogma de la maternidad divina de María fue definido en el año 431, durante el Concilio de Éfeso. Fue necesario porque algunos la llamaban Madre de Jesús. Pero la lógica es clara: si ella es la madre de Jesús, y Jesús es Dios, ella es la madre de Dios. No de su divinidad, sino de la persona de Jesucristo. Esta es una verdad más importante de lo que parece, pues tiene consecuencias esenciales para nosotros. Nos acerca a nuestra madre y en consecuencia a Jesús. Ella es nuestra madre, la madre de Jesús y madre nuestra, la madre de todos los seres humanos. Jesús es nuestro hermano mayor y así nosotros nos convertimos en hijos e hijas de Dios.

    Cuánto más cerca estamos de María, más cerca estamos de Jesús. Para llegar al niño Dios, debemos pasar por su madre. No la podemos circunvalar. Ella es un atajo. Es una pena contraponer María con su hijo. El demonio trata de separarnos de ella, porque sabe el poder que tiene a través de su hijo. Fue profetizado desde el principio, cuando la serpiente atacó a Eva, que vendría una nueva Eva a restablecer lo caído. Cuánto más cerca de María estamos, más seguros nos encontramos. Los niños tienen esa reacción natural de no distanciarse de sus madres.

    San Josemaría mostraba tal amor a la Virgen que casi se podía tocar. Decía a sus hijos espirituales que si en algo podían imitarle era en su devoción a María. Escribió en Camino: “A Jesús siempre se va y se vuelve por María.” Una vez alguien le preguntó si volvería a escribir ese punto, pensando que era un poco fuerte. Dijo que si, pero luego se lo pensó dos veces y dijo: “Ahora escribiría otro: María el único camino.”

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