Homilías de cuatro minutos Podcast Por Joseph Pich arte de portada

Homilías de cuatro minutos

Homilías de cuatro minutos

De: Joseph Pich
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Homilías cortas del domingo© 2026 Homilías de cuatro minutos Cristianismo Espiritualidad Ministerio y Evangelismo
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  • San José
    Mar 16 2026

    San José

    No sabemos mucho de San José. Su vida está envuelta en silencio. Hay un libro titulado los Silencios de San José, que intenta rellenar esos vacíos. No tenemos nada de él, ninguna reliquia, ningún mueble hecho por él, ni siquiera el lugar de entierro. En el evangelio José no dice nada; no nos ha dejado ninguna palabra. Lo vemos siempre detrás de María, en la sombra. No sabemos ni cuando murió. Por eso no es fácil hablar de él.

    Dios concedió a María, la madre de Jesús, las gracias y los talentos necesarios para ser la madre de Dios; por eso decimos que no hay ningún ser humano como ella. Dios nos da las gracias que necesitamos para cumplir nuestra misión. Después de María, José. Su misión fue hacer de padre de Jesús. Por eso Dios le dio las gracias para ello. No fue una tarea fácil. Podía haber hecho lo que quisiera en la vida. Tenía los talentos suficientes como para llegar a ser emperador romano. Sin embargo, se dedicó a cortar maderitas. Vino, hizo lo que Dios le pidió, cumplió su misión, y desapareció. Y aquí estamos, veinte siglos después hablando de él, intentando descubrir su vida. Queremos conocerlo mejor, para que nos ayude, aprender de él y que nos acerque a Dios.

    Fue un hombre ordinario, un trabajador que se ganó la vida trabajando con sus manos. Procuró el sustento de su familia y protegió a su mujer y al niño. Nos resulta cercano, pues nosotros hacemos lo mismo. Vivimos nuestras vidas trabajando y cuidando a nuestros seres queridos. José vivió en una aldea perdida, sin electricidad y agua corriente, como la mayoría de los seres humanos han vivido. Pasó su vida trabajando en su taller de carpintero, enseñando su oficio a Jesús. Celebramos cada año la fiesta de San José obrero el primero de mayo.

    En medio de su vida muy ordinaria, podríamos decir que incluso aburrida, vivió entre dos tesoros inmensurables: María y Jesús. Podemos imaginarnos cómo fue su vida, entre lo que llamamos Sagrada Familia, la Trinidad de la tierra. No ha habido ni habrá una familia como esta. Es el modelo de toda familia cristiana. Podemos aprender y tratar de vivir como ellos. José es nuestro mejor maestro, porque es más cercano a nosotros, discreto, callado, humilde, silencioso. Nos podemos poner en su lugar.

    Santa Teresa de Ávila tenía a San José como su santo favorito. Confió su primer convento a su patrocinio. Ella dice que San José nunca la defraudó, que siempre le concedió lo que le pidió. Las Carmelitas tienen una estatua del santo que solía hablar a la santa; se le ve con la boca abierta. Hoy le pedimos a San José que nos hable, que nos ayude a vivir con su Sagrada Familia.

    josephpich@gmail.com

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    4 m
  • Cuarto Domingo de Cuaresma
    Mar 10 2026

    El ciego de nacimiento

    El domingo pasado nos fijamos en el agua, uno de los cuatro elementos naturales, indispensables para la vida humana. Pertenece al inicio de la vida cristiana, cuando somos bautizados. Sin agua no es posible ni la vida natural, ni la sobrenatural. Este domingo consideramos otro elemento crucial, la luz, sin la cual tampoco puede crecer la vida. Es parte del rito del bautismo, cuando acercamos al recién bautizado una vela encendida, que simboliza la pureza del alma, llena de luz. Jesús es la luz que vino a dispersar las tinieblas. En la Vigilia Pascual representamos esta realidad, cuando poco a poco, encendiendo las velas que la gente tiene en sus manos, se ilumina toda la iglesia.

    Hoy en el Evangelio nos encontramos con un ciego de nacimiento. Es difícil para nosotros hacernos cargo qué significa ser ciego. Intenta cerrar tus ojos y mantenlos cerrados por un buen espacio de tiempo; no creo que dures mucho. La ceguera de nacimiento es más dura, pues no puedes soñar con imágenes. Una vez intentaron explicar a un ciego el color rojo. Después de muchas explicaciones, intentando compararlo con un instrumento caliente, el ciego dijo que debía ser similar al sonido de una trompeta. Los colores no tienen mucho que ver con los sonidos. Imagina cuando comparamos las cosas espirituales. Debido al pecado original estamos medio ciegos, y necesitamos que Jesús nos cure de nuestra ceguera, para poder verle.

    Jesús hizo barro con su saliva, se lo puso en los ojos del ciego, y le dijo que se fuera a lavar a la piscina de Siloé. ¿Por qué lo hizo? Podía haber tocado sus ojos y haberlos curado. Es un recuerdo de que estamos hechos de barro, de que nuestros pies se pueden romper fácilmente. La piscina de Siloé estaba afuera de los muros de la ciudad. El ciego podía haber ido a una fuente cercana a lavarse los ojos, pero no hubiera servido. Jesús quería que caminara con fe, que enseñara a los otros su confianza en Dios. Podía caminar con el barro en sus ojos, porque era ciego y conocía el camino de memoria. Nosotros también tenemos que enseñar a lo demás que confiamos en Dios. La saliva de Dios lo curó, pero tenía que mezclarse con nuestro barro, con nuestra humanidad.

    Echamos en falta algo, cuando no lo tenemos. No nos damos cuenta habitualmente de que estamos ciegos al mundo espiritual. Valoramos nuestros ojos cuando no podemos ver, de la misma manera que cuando nos duelen o necesitamos gafas. Tenemos dos ojos porque son muy importantes. También tenemos dos orejas para poder oír mejor. Pero sólo tenemos una boca para no hablar demasiado. Reconocemos que estamos ciegos, cuando percibimos que los santos ven cosas que nosotros no vemos. Nos gustaría ver lo que ven. Podríamos ver con los ojos de Jesús. Santa Teresa de Ávila quería saber el color de los ojos de Jesús, cuando este se le aparecía; dice que cuando lo intentaba, la aparición desaparecía.

    Hoy le pedimos a Jesús que nos cure de nuestra ceguera espiritual. Primero tenemos que reconocer que nuestra alma tiene ojos, y que estos están cerrados. Luego tenemos que dejar que él nos ponga barro en ellos, y andar con la cara sucia, enseñando a los otros nuestra ceguera, hasta que nos acerquemos a las aguas de la confesión. Y debemos hacerlo, no una o dos veces, sino miles de veces. Poco a poco comenzaremos a ver, al principio sombras, luego chispas de luz. Cuanto más los limpiemos, más luz veremos. No podemos ver toda la luz desde el principio pues nos dañaría los ojos. Y así podremos descubrir las maravillas de la vida espiritual.

    josephpich@gmail.com

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    5 m
  • Tercer Domingo de Cuaresma
    Mar 2 2026

    La Mujer Samaritana

    Hoy nos encontramos con un Jesús más diferente, menos atractivo, más humano, más como nosotros. Después de dos días de viaje desde Jerusalén, está cansado, sucio y sediento. Está solo, sentado en el brocal del pozo de Jacob. Sus discípulos han ido al pueblo vecino para conseguir alimentos y bebidas. Nadie se ha quedado con él. Estaban demasiado hambrientos o sedientos para quedarse con él. Jesús no podía más y tuvo que sentarse a descansar. O quizás estaba aguardando a la mujer Samaritana y a cada uno de nosotros. Cuantas veces dejamos solo a Jesús, ocupados en nuestros pasatiempos, o disfrutando de nuestros placeres. Y nos olvidamos de los demás.

    Es mediodía, el sol está en lo alto del cielo, la parte del día en que todo está quieto y en silencio, salvo el ruido de las cigarras. Jesús mira al agua fresca en el fondo del pozo con un deseo imposible. Una mujer viene sola llevando una jarra en su cabeza, moviendo su cuerpo provocativo. Viene a esta hora para evitar las otras mujeres que están enfadadas con ella, porque les ha robado los maridos. Ella es muy bella y Jesús está lleno de polvo. Dos actitudes diferentes ante la vida: una mujer frívola con un cubo, y un Dios sucio y sediento. Estamos inclinados a mirar más a la mujer que a Jesús.

    Ella ignora a Jesús. Judíos y Samaritanos no se hablaban entre ellos. Y una mujer no hablaba a solas con un hombre. Menos cuando su vida estaba muy revuelta. Pero Jesús, venciendo su cansancio, y no teniendo en cuenta su situación pecadora, comienza a hablar con ella. Ahí estamos todos representados en esta mujer, en su situación fragmentada, en su deseo de conseguir agua y ser feliz. Jesús nos da un buen ejemplo de cómo acercarnos a las almas, incluso aquellas que están muy lejos de él. Comienza a hablar con la mujer de lo que le interesa, acerca del agua que viene a buscar al pozo. Nosotros hablamos de lo que nos interesa y encontramos difícil saber qué es lo que les importa a los demás.

    Jesús le pide de beber. Un Dios sediento, sin cubo para sacar agua. Lo mismo dice en la cruz: tengo sed. Esas palabras están en todas las capillas de las monjas de la Madre Teresa de Calcuta. Aunque no necesita nada, Dios siempre comienza pidiendo. Está sediento de nuestro amor. Espera que nos demos a él, que lo pongamos como centro de nuestras vidas. Mejor; nos dice lo que realmente nos pasa: que estamos sedientos de él. Somos como el ciervo del salmo que está deseando el agua clara y pura del manantial. Y volvemos cada día a sacar agua del pozo terreno, que nunca nos puede saciar. Nuestro corazón es un cubo lleno de fisuras, imposible de contener el agua sucia que intentamos conseguir de los charcos del camino.

    Solo Dios nos puede dar esa agua limpia y fresca. Eso es lo que le dice Jesús a la mujer Samaritana: Yo soy el único que puede darte esa agua viva, que cuando la bebas, no tendrás más sed. Un agua viva, llena de energía, con suficiente alimento para llegar hasta la vida eterna. Entonces, no tendrás que volver a este pozo. No tendrás que buscar otras fuentes para saciar tu sed. Es el agua que brotó de mi costado en la cruz, cuando el centurión abrió mi costado. Es la gracia que brota de la Misa cada vez que venimos a beber de la herida en su costado. ¡Si conocieras el don de Dios!

    josephpich@gmail.com

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