Episodios

  • 752. Francisco el Hombre (Leyenda Guajira)
    Mar 3 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en la Guajira colombiana un hombre llamado Francisco Moscote Guerra. Este hombre recorria los aridos y caminos de La Guajira con su acordeon. Por toda la región era conocido por todos simplemente como Francisco el Hombre. En aquella época no existía la radio, así que Francisco viajaba de pueblo en pueblo montado en su fiel burro, llevando las noticias, los chismes y los recados de la región, todo cantado al ritmo de su inseparable acordeón.

    Cuenta la historia que, después de una parranda de varios días en el pequeño pueblo de Machobayo, Francisco emprendió el largo camino de regreso a su natal Riohacha. Era una de esas madrugadas cerradas, sin una sola estrella en el cielo. El silencio de la sabana guajira era profundo, roto únicamente por el rítmico trotar del burro y el sonido de los cascos contra la tierra seca y agrietada.

    Para espantar el sueño, el frío de la madrugada y la soledad del camino, Francisco sacó su acordeón de la funda, lo abrió sobre su pecho y comenzó a tocar una melodía al viento.

    De repente, ocurrió algo imposible. Las notas de su acordeón fueron respondidas. Desde la oscuridad del desierto, a lo lejos, otro acordeón repitió su misma melodía, pero con una maestría, una fuerza y una rapidez que Francisco jamás había escuchado en su vida.Y eso en el mundo de los acordeoneros era un insulto. Nadie podía tocar mejor que el..

    Intrigado y con el orgullo de juglar herido, Francisco apretó el paso y tocó una puya (uno de los ritmos más rápidos y difíciles del vallenato) mucho más compleja. De repente, la luna se tiñó de un rojo cobrizo. El viento se detuvo en seco. Desde el horizonte, donde la oscuridad era absoluta, llegó la respuesta a la melodía de Francisco. Pero no eran notas normales; eran ondas de sonido violeta que rasgaban el aire, marchitando al instante las flores a su paso el músico invisible no solo igualó su destreza, sino que la superó con notas que parecían imposibles para manos humanas. Para Francisco eso ya era un insulto mayor.

    De la nada, un remolino de arena negra y brasas ardientes se formó en medio del camino. Al disiparse, reveló a un jinete montado en una mula del tamaño de un toro, con los ojos inyectados en sangre. El jinete sostenía un acordeón que parecía forjado en las profundidades de la tierra: su fuelle estaba hecho de piel de serpiente negra y sus botones eran pequeños cráneos de hueso pulido que rechinaban al ser presionados.

    El viento dejó de soplar, el aire se volvió pesado y un penetrante olor a azufre inundó el camino. El burro de Francisco se clavó en la tierra, temblando de terror. Cuando el retador finalmente se dejó ver bajo una luz extraña, a Francisco se le heló la sangre. El hombre que tocaba frente a él tenía una sonrisa burlona y unos ojos que brillaban en la oscuridad como brasas ardientes.

    Era el mismo Diablo (Satanás), que había subido a la tierra para arrebatarle a Francisco el título del mejor acordeonero del mundo y, de paso, llevarse su alma al infierno.

    Comenzó entonces el duelo musical más épico de la historia.

    Cuando el Diablo tocaba una puya frenética, de su acordeón brotaban chispas de fuego verde y un denso olor a azufre. La tierra temblaba, y de la arena emergían sombras alargadas con forma de garras que intentaban atrapar las patas del burro de Francisco. La temperatura subió tanto que las rocas cercanas comenzaron a derretirse como cera.

    Francisco, sudando gotas que se evaporaban antes de tocar el suelo, respondió con su propia magia. Sus dedos volaban sobre los botones, tejiendo un escudo de notas azules y blancas. Cada acorde que tocaba el juglar hacía brotar manantial

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  • 751. Orfeo y Euridice (Mito Griego)
    Feb 25 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un musico en la antigua Grecia llamado,

    Orfeo no era un mortal ordinario; la sangre de las musas corría por sus venas. Se decía que su padre era el mismísimo Apolo, el dios de la música, quien le regaló su primera lira y le enseñó a tocarla. Su talento era tan abrumador que, cuando tocaba, los robles se arrancaban de la tierra para acercarse a escuchar y los ríos detenían su corriente para no interrumpir la melodía.

    Cuando Orfeo conoció a la ninfa Eurídice, el amor fue instantáneo. Decidieron casarse rápidamente, pero el día de su boda estuvo marcado por un mal augurio. Himeneo, el dios del matrimonio, asistió a la ceremonia, pero la antorcha que llevaba no ardía con una llama brillante; en su lugar, emitía un humo negro y asfixiante que hizo llorar a los invitados. Era una clara advertencia de los dioses.

    La tragedia en el prado Poco después de la boda, Eurídice paseaba por los prados con sus compañeras ninfas. Un pastor llamado Aristeo quedó deslumbrado por su belleza e intentó atraparla. Aterrorizada, Eurídice echó a correr por la hierba alta sin mirar por dónde pisaba. En su huida, pisó un nido de víboras. Una de las serpientes hundió sus colmillos en su tobillo, inyectando un veneno fulminante que le arrebató la vida antes de que Orfeo pudiera siquiera escuchar sus gritos.

    Cuando Orfeo encontró su cuerpo sin vida, su dolor fue tan inmenso que cantó una melodía fúnebre tan desgarradora que los dioses del Olimpo lloraron de compasión.

    El poder de la lira en el reino de las sombras Incapaz de aceptar la muerte de su esposa, Orfeo viajó hasta el Ténaro, la oscura caverna que servía como una de las entradas al Inframundo.

    Armado solo con su lira, comenzó a tocar. Su música era tan triste y hermosa que obró milagros en el reino de los muertos:

    • Caronte, el espectral barquero que exigía una moneda para cruzar el río Estigia, quedó tan hechizado que lo dejó pasar gratis.
    • Cerbero, el monstruoso perro de tres cabezas que devoraba a los vivos que intentaban entrar, se tumbó dócilmente a sus pies.
    • Incluso en el Tártaro (el abismo de tormento), los castigos eternos se detuvieron por un momento: la rueda de fuego de Ixión dejó de girar, Sísifo se sentó a descansar sobre su enorme roca y Tántalo olvidó su sed eterna para escuchar la melodía.

    El pacto con Hades y Perséfone Finalmente, Orfeo llegó al salón del trono donde gobernaban Hades y Perséfone. Al cantar sobre su amor perdido y la crueldad de una muerte tan prematura, se dice que lágrimas de hierro rodaron por las mejillas de Hades, y el corazón de Perséfone se ablandó.

    Hades accedió a devolverle el alma de Eurídice, pero impuso una condición inquebrantable:

    Orfeo debía guiar el camino de regreso al mundo superior. Eurídice caminaría detrás de él. Sin embargo, Orfeo tenía prohibido mirar hacia atrás, ni una sola vez, hasta que ambos hubieran cruzado el umbral del Inframundo y la luz del sol bañara por completo a Eurídice. Si dudaba y volteaba, el trato se rompería y ella pertenecería al Inframundo para siempre.

    El agónico ascenso y la duda fatal El camino de regreso era empinado, oscuro y estaba envuelto en una niebla espesa. Orfeo caminaba por delante, pero el Inframundo es un lugar de silencio absoluto; los espíritus no hacen ruido al caminar. Orfeo no podía escuchar los pasos de Eurídice, ni su respiración, ni el roce de su vestido.

    A medida que se acercaban a la superficie, la paranoia comenzó a enloquecer a Orfeo. ¿Y si Hades lo había engañado? ¿Y si no había nadie detrás de él y todo era una cruel burla de los dioses?

    Finalmente, Orfeo vio l

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  • 750. El ladrón de Nueces (infantil)
    Feb 23 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez una ardilla llamada Isabela , que era muy dedicada y juiciosa pero que tenía una personalidad muy muy dramática. Isabela llevaba varios días dando vuelta por el parque muy preocupada. Resulta que Isabela decía que Alguien, o algo, estaba robando su preciada colección de nueces. Y no cualquier colección: eran nueces seleccionadas, pulidas con su propia cola y organizadas por tamaño y las tenía muy bien cuidadita en lo alto de el árbol donde vivía en una pequeña gruta que encontró en el tronco del árbol. .

    Cada mañana, Isabela despertaba, revisaba su escondite en el roble gigante y descubría que faltaban exactamente tres nueces.

    —¡Esto es un ultraje! ¡Un robo a mano armada! —gritaba Isabela, agitando los bracitos hacia el cielo.

    Decidido a atrapar al culpable, Isabela se puso un sombrero de detective hecho con una bellota y comenzó su investigación.


    Primero, interrogó a sus vecinos del bosque, pero todos tenían coartadas perfectas:

    • Don Búho: Afirmó que las nueces le daban acidez estomacal y que prefería cazar ratones.
    • El Conejo Pérez: Estaba demasiado ocupado compitiendo en carreras de saltos como para subir a el árbol y buscar nueces
    • El Pájaro Carpintero: Declaró que su pico era para la madera, no para romper cáscaras duras.

    Al no encontrar culpables, Isabela decidió pasar a la acción. Diseñó un plan infalible y llenó los alrededores de su árbol con elaboradas trampas:

    Primero puso un charco de savia de pino estrategicament ubicado para que el que se atreviera a llegar al árbol se quedara pegado. Luego puso hojas secas super crujientes apiladas alrededor del escondite para oír cuando alguien se acercara y luego puso una nuez muy bella colgada para que así el ladron se atreviera a cogerla y esta haría sonar otras cascaras de bellota como si fueran una campana hilo.

    Esa noche, Isabela se escondió detrás de un arbusto, armado con una linterna de luciérnagas y acompañado por su mejor amigo, el topo Benito, a quien convenció de hacer guardia.

    A las tres de la mañana, Benito roncaba plácidamentecuando de pronto sintió un De pronto... ¡Crunch, crunch! Las hojas secas sonaron.

    El corazón de Benito saltaba a mil por hora. El topo vio como Una figura sombría se acercó al escondite de las nueces. Con movimientos rápidos y expertos, la sombra esquivó la savia de pino, saltó sobre el hilo de la nuez gigante, cavó un pequeño agujero, sacó tres nueces y se alejó caminando hacia otro árbol cercano para enterrarlas allí.

    —¡Ajá! ¡Te tengo! —gritó Benito.

    Encendió su linterna de luciérnagas de golpe, iluminando el rostro del escurridizo ladrón.

    Benito el topo se puso sus gafas gruesas y miró hacia donde apuntaba la luz. Lo que vio no lo podía creer

    El ladrón no era un mapache ninja. Tampoco era un zorro astuto.

    El ladrón era... La propia isabela.

    Estaba profundamente dormida, con los ojos cerrados. Resulta que Isabela estaba tan, pero tan obsesionadoa y preocupada por que le robaran sus nueces, que caminaba dormida todas las noches. En su estado de sonambulismo, desenterraba tres nueces de su escondite principal y las escondía en otro lugar "más seguro" para que ningún ladrón las encontrara.

    Cuando Benito la despertó Isabela se sintió muy apenada con Benito por dejarlo toda la noche despierto y finalmente tuvo que pedirle a Benito que lo ayudara a buscar los cincuenta y dos escondites secretos que ella misma había creado por todo el bosque sin darse cuenta ya que estaba caminando dormida.

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  • 749. La pregunta (India)
    Feb 21 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre que vivía en una una remota aldea de la India, al borde de un espeso y silencioso bosque. Este hombre era reconocido por los aldeanos como un hombre misterioso pero igualmente sabio. Vestía con sencillez, hablaba con los pájaros y, a menudo, sus acciones resultaban tan excéntricas que dejaban a todos rascándose la cabeza. Lo admiraban por su evidente paz interior, pero al mismo tiempo, su comportamiento inusual los confundía y les causaba gracia.

    Un día, movidos más por el aburrimiento y la curiosidad morbosa que por una verdadera sed de conocimiento espiritual, un grupo de aldeanos decidió invitarlo a la plaza principal. Así que subieron la montana donde vivía y con mucha cortesía se acercaron a el

    —Maestro —le dijeron con falsas sonrisas—, nos encantaría que nos predicara. Necesitamos de su infinita sabiduría.

    El hombre santo, que vivía en un estado de constante servicio y disponibilidad, aceptó sin dudarlo. Sin embargo, conforme se acercaba el día señalado, su aguda intuición le advirtió de las verdaderas intenciones del pueblo. Sabía que no buscaban la luz, sino un espectáculo; querían reírse un rato a costa del "viejo loco". Decidió entonces que la lección que recibirían no sería la que ellos esperaban.

    Llegó la tarde de la charla. La plaza estaba abarrotada. Los aldeanos se codeaban y cuchicheaban, listos para el entretenimiento. El maestro subió a una pequeña tarima, paseó su mirada tranquila por la multitud y dejó que un silencio profundo se instalara en el ambiente.

    Finalmente, con voz serena, preguntó: —Amigos míos, ¿saben de qué voy a hablarles hoy?

    La multitud, casi al unísono, respondió con burla: —¡No, no lo sabemos!

    El maestro suspiró con dramatismo, sacudió la cabeza y dijo: —En ese caso, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes, sus mentes están tan cerradas, que ninguna palabra mía valdría la pena aquí. Mientras no sepan siquiera de qué voy a hablarles, no tiene sentido que les dirija la palabra.

    Y sin más, dio media vuelta y regresó al bosque, dejando a todos con la boca abierta.

    Los aldeanos se sintieron desconcertados y un poco tontos. Lejos de rendirse, su orgullo herido los hizo reunirse esa misma noche. "Mañana lo llamaremos de nuevo", acordaron, "y cuando pregunte, todos diremos que sí".

    Al día siguiente, mandaron a buscar al santo, quien acudió con la misma paz de siempre. Subió a la tarima, miró a la multitud expectante y formuló la misma pregunta: —Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?

    Esta vez, con sonrisas triunfantes, gritaron a coro: —¡Sí, maestro, lo sabemos!

    El santo sonrió dulcemente, asintió y respondió: —Siendo así, me alegro mucho. No tengo absolutamente nada que decirles, puesto que ya lo saben todo. Que pasen una excelente noche, amigos.

    Y volvió a marcharse, perdiéndose entre los árboles.

    La indignación en el pueblo fue mayúscula. ¡Aquel ermitaño se estaba burlando de ellos en su propia cara! Llenos de frustración, pero más tercos que nunca, decidieron convocarlo por tercera vez. Celebraron una asamblea y planearon la trampa perfecta. No habría forma de que el viejo se escapara de esta.

    Al tercer día, el santo llegó a la plaza. Se paró frente a ellos, imperturbable como una montaña, los miró en silencio y calma, y lanzó la ya conocida pregunta: —Díganme, amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?

    Los aldeanos, seguros de su victoria, ejecutaron su plan. La mitad de la plaza gritó: —¡Sí, lo sabemos! Y la otra mitad gritó: —¡No, no lo sabemos!

    El silencio volvió a caer sobre la plaza mientras todos miraban al maestro, esperando verlo por fin acorralado.

    El hombre santo los observó con com

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  • 748. La Cripta
    Feb 18 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre llamado Juan que llevaba un buen tiempo rondando los muros desconchados del viejo cementerio de Santa Cruz de Mompox. Debería haber sentido el calor sofocante y húmedo que subía del río Magdalena en esas noches de tormenta, o el sudor empapando su camisa de lino, pero solo experimentaba un letargo extraño, una ligereza que atribuía a la fiebre de su propia obsesión. Su mente estaba anclada a una única estructura: un mausoleo colonial de piedra caliza, devorado por el musgo y oculto tras un sauce llorón cuyas ramas barrían el suelo de tierra.

    Nadie en el pueblo se acercaba a ese rincón del camposanto. Las leyendas locales hablaban de sombras que vagaban entre las tumbas más antiguas, pero a Juan eso no le importaba. Sentía un tirón magnético en el pecho, una voz silenciosa que lo llamaba desde las profundidades de esa cripta sin nombre.

    Aquella noche, sin luna y con el canto ensordecedor de las cigarras como única compañía, llegó frente a las altas rejas de hierro forjado. Para su sorpresa la reja no tenía ningun candado y estaba semi abierta Así que para el fue realmente fácil cruzarla y verse rápidamente en el vestíbulo de aquella gran cripta.

    Allí adentro la realidad parecía parpadear., el aire a su alrededor cambió. El canto de las cigarras desapareció, reemplazado por un silencio tan denso que casi zumbaba en sus oídos. Parpadeó, desorientado. Ya no estaba fuera de las rejas; estaba en el interior de la cripta y nunca había estado allí. Al menos así lo recordaba

    Miró hacia lo que tenía delante de el

    El interior estaba sumido en una penumbra sepulcral, apenas iluminado por un tenue rayo de luz estelar que se colaba por una grieta en la bóveda de crucería. Olía a cera derretida y a siglos de abandono; un olor que le resultaba dolorosamente familiar, reconfortante, como el recuerdo de la casa de la infancia.

    En el centro exacto de la cámara circular, sobre un zócalo de piedra labrada, descansaba el sarcófago. Estaba cubierto por una losa de mármol gris, adornada con el relieve desgastado de un escudo de armas que Juan sintió que conocía de memoria, aunque no podía nombrar sus blasones.

    Con curiosidad se acercó a aquella tumba y apoyó ambas palmas sobre la fría piedra de la losa. Realmente no entendía que lo llevaba o impulsaba a estar allí y menos que atractivo podría tener estar en una cripta que no conocía. Se preparó mentalmente para un esfuerzo titánico, flexionando las piernas para empujar con todo el peso de su cuerpo. Empujó.

    La piedra inmensa se deslizó a un lado con la suavidad de una hoja cayendo sobre un estanque. No raspó, no pesó, no emitió el menor sonido. Juan cayó de rodillas por la falta de resistencia, aferrándose al borde del ataúd. Su respiración era errática, rápida, pero extrañamente... silenciosa.

    Temblando, se asomó al interior de la tumba que había sido abierta por su esfuerzo.

    Esperaba encontrar huesos desordenados, polvo gris o las joyas oxidadas de algún noble olvidado. En su lugar, sobre un lecho de seda granate que el tiempo había convertido en telarañas polvorientas, yacía un hombre.

    Estaba impecablemente conservado, casi momificado por las condiciones de la cripta. Vestía un vestido de terciopelo oscuro de corte colonial, con mangas acuchilladas y un cuello de encaje amarillento, consumido por la polilla. Las manos del cadáver estaban cruzadas sobre el pecho, sujetando un crucifijo de plata ennegrecida.

    Juan acercó el rostro, intentando ver mejor en la penumbra. Entonces, el rayo de luz de la bóveda iluminó el rostro del difunto.

    El terror puro intentó asaltar a Juan , pero se dio cuenta con una confusión abismal de que s

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  • 747. Galatea
    Feb 16 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre que tenía al mismo tiempor una gran arte y una gran frustración, siendo el gran escultor de Chipre todos reconocían en el su capacidad de crar hermosas figuras pero su gran frustración era que ninguna mujer en todo Chipre le parecía suficiente para su gusto.

    Ahora el se encontraba entrando a la oficina de aquel medico que supuestamente lo iría a tratar de alguno de sus males y allí la vio. Ella estaba en la sala de espera, posiblemente ansiosa a que la hicieran pasar y El destino, que alguna vez había convocado a dioses y milagros lo llevaba a encontrarla en aquel lugar.

    Pigmalión la reconoció por el lóbulo de la oreja. Recordaba haber pasado tres días enteros puliendo ese lóbulo, eligiendo el grano más fino de la lija para que el mármol capturara la luz de la tarde. Ahora, sin embargo, esa oreja sostenía un pendiente de mal gusto y la piel que la rodeaba tenía una pequeña mancha que denotaba el mal uso de aquel lóbulo perfecto

    «Se está estropeando», pensó él con la crueldad clínica de un artista. «Mi obra maestra se está echando a perder».

    La mujer que obviamente lo había visto ingresar se sintió perturbada por su presencia y aunque trataba de ignorarlo sentía su mirada constante sobre ella. Su nombre era Galatea y era la más bella mujer de todo Chipre sin duda alguna. No necesitaba levantar la vista para saber que él la estaba juzgando. Conocía muy bien como aquel hombre al que detestaba era quien mejor la podía observar y juzgar.. Era la misma densidad de la mirada que sentía cuando él la miraba en su taller, no con amor, sino buscando dónde corregir hasta el mínimo detalle que ella pudiera tener. La veía siempre como una obra en proceso y ella realmente ya estaba perfecta.

    En su mente de mujer beldad pensaba —Sigue mirándome como si fuera un bloque de piedra —pensó ella, apretando la mandíbula—. Nunca quiso una mujer. Querías un ser que sirviera como reflejo de su propio ego. Queria la más perfecta mujer posible.

    El silencio entre los dos era espeso, el frio de sus miradas podía sentirse en toda la habitacion.

    Pigmalión recordó la historia de aquella mujer. Siendo el el gran escultor de su tiempo había llegado a la creación de la más bella y perfecta mujer y cansado de las imperfecciones de las mujeres de Chipre sentía que ninguna era lo suficientemente perfecta para el. En cambio aquella era perfecta. Una figura como ninguna otra y con la mirada más enigmática que mujer alguna pudiera tener. Era ella toda suya era su Galatea. La perfección hecha piedra. Desesperado le hizo la plegaria a afrodita que le permitiera que aquella estatua de mármol fuera su propia mujer. Pigmalión recordó el momento exacto en que la piedra gracias a la intervención de la bella afrodita se volvió tibia bajo sus dedos. Sus ojos se posaron sobre el y su cuerpo frio y firme se convirtió en una figura dulce y suave. Fue el momento más glorioso de su vida. Pero ahora, viendo cómo ella tosía discretamente y se acomodaba el abrigo, se dio cuenta del error de cálculo en ese momento.

    El mármol era eterno; la carne al contario era una decepción constante. El mármol no criticaba ni sentía celos, El mármol no tenía reclamos constantes sobre cosas pequeñas y no te miraba con decepción cuando llegabas tarde.

    Ella por su parte al encontralo en aquella habigtacion recordaba aquel frio. Pero no el frio del marmo que antes podía sentir como su cuerpo. No Galatea recordaba El frío de no ser reconocida y ser ignorada en cada asunto de la vida. Recordaba como aquel famoso escultor la hacia sentir menos en cada ocasión social cuando se referia a ella como su creación. . A veces, cuando él l

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  • 746. El hipnotizador
    Feb 14 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un muchacho llamado Lucas que desde muy pequeño le había llamado la atención la magia blanca. Aquella magia que se hace con cartas y otros artículos que aparecen, se transformas o desaparecen. Ya en sus 16 anos Lucas ya dominaba algunos trucos de magia Lucas siempre había presumido de ser el gracioso del grupo, el que sabía trucos de cartas y leía curiosidades para impresionar. Pero con Elena era diferente. Elena le ponía nervioso.

    Era una tarde lluviosa de domingo y estaban sentados en la alfombra de la sala, rodeados de libros viejos y tazas de té. Lucas encontró un pequeño tomo de magia y, queriendo hacerse el misterioso, leyó en voz alta sobre la hipnosis. Aquel libro tenía una capitulo entero en como hipnotizar a alguien. Y comenzaba con un pequeño instructivo de hipnotismo.

    —Seguro que no funciona —dijo Elena, sonriendo de lado, con esa expresión escéptica que a Lucas le encantaba.

    —¿Ah no? —retó él, dejando el libro a un lado y acercándose un poco más—. Según lo que he encontrado en este capitulo estoy seguro de que yo podría hacerlo. Es más te Apuesto a que puedo hipnotizarte en menos de un minuto. Solo tienes que seguir mis comandos y mirarme fijamente a los ojos.

    Elena soltó una risita suave, dejó su taza en la mesa y se cruzó de piernas frente a él. —Adelante, gran mago. Haz tu mejor intento. Dijo con esa sonrisa picara que solo una joven puede tener.

    Lucas carraspeó, adoptando una postura solemne, aunque por dentro el corazón le latía a mil por hora. —La voy a hipnotizar —pensó, convenciéndose de su papel.

    Levantó un dedo, pero luego lo bajó. Su mano realmente temblaba un poco y su respiración se hacia cada vez más rápida, su corazón era ahora una maquina. Perturbado y temeroso de que Elena lo notara Decidió que la conexión directa seria mejor. —Mírame —susurró—. No parpadees.

    Y con absoluta resolución decidio mirarla a los ojos, los ojos de ella se cruzaron directamente con los de el.

    Al principio, Lucas estaba concentrado en su "técnica", buscando si en aquel rostro hermoso de aquella donsella había señales de sueño que el pudiera identificar. Estaba básicamente, esperando que en algún moementos sus párpados se notaran un poco pesados, que sus ojos pudieran presentar un pequeño vacilar hacia el sueno. Pero entonces, la luz tenue de la lámpara iluminó la mirada de Elena y el tiempo pareció detenerse.

    Lucas nunca se había fijado con tanto detalle en aquellos ojos. Los ojos de Elena eran unos ojos de mar, de un color azul que cambiaba constantemente con cada pensamiento, Su mirada realmente transmitía calma y profundidad No eran solo azules o verdes; tenían ese color indescifrable de las olas cuando están tranquilas, una mezcla de turquesa y misterio.

    El plan de Lucas se desmoronó. Se olvidó de contar hacia atrás, se olvidó de decirle que sus párpados comenzaba a sentirse pesados, como lo explicaba aquel capitulo del libro. Simplemente, se quedó allí, flotando en esa mirada. Lucas que siempre pensaba que tenía el control de todas las situaciones se fue perdiendo en las profundidades de aquellos ojos, y su alma fue tomando una paz absoluta, como si estuviera sumergido bajo el agua, donde el ruido del mundo no llega. Se sentía flotar en un mar de paz y tranquilidad

    Pasaron los segundos, quizás minutos. Nadie hablaba. Solo se escuchaba la lluvia golpeando la ventana.

    De repente, Elena parpadeó y rompió el silencio con voz suave: —Lucas... ¿Crees que si vas a poder hipnotizarme? Porque no me siento diferente

    Lucas parpadeó también, volviendo a la realidad, pero sintiéndose completamente distinto. Sonrió, derrotado pero fel

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  • 745. El Daguerrotipo
    Feb 11 2026

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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre llamado Elías que era desde muy pequeño aficionado a la fotografía, con los años Elias se volvió el fotógrafo del pueblo y monto un pequeño estudio para atender a sus clientes. Pero un día Elias se vio frente a una cámara extraña. Era una de aquellas cámaras de mediados de siglo xix que tenía una gran caja de madera y una tela negra que cubria la placa que recibía las images. Elias alguna vez había observado una en un museo, pero ahora estaba allí junto a una de ellas. Elias no compró la cámara en una tienda de antigüedades, ni la heredó de un abuelo olvidado. La cámara simplemente apareció en su estudio una mañana de martes, montada sobre su trípode de madera negra, oliendo a ozono y polvo antiguo.

    No tenía marca, ni número de serie. Su lente era un ojo de cristal demasiado profundo, casi líquido, que parecía palpitar si lo mirabas fijamente y que parecía no tener fondo.

    La curiosidad de Elías, fotógrafo de profesión, pudo más que su prudencia. Decidió probarla en el parque frente a su casa. Quería capturar el viejo roble centenario que dominaba la plaza, ese árbol bajo el cual generaciones enteras se habían besado o resguardado de la lluvia.

    Era un día radiante. Los niños jugaban y las palomas revoloteaban alrededor del árbol. Elías niveló las patas de madera en la acera. Sintió un frío extraño en las manos al tocar los controles de latón.

    Entonces, sucedió lo que nunca se habría podido describir

    Bajo la tela negra, el mundo se veía invertido, como en cualquier cámara de gran formato, pero había algo más. La imagen en el cristal esmerilado no estaba estática. Vibraba. El roble parecía estar hecho de humo denso, y los niños eran manchas de luz frenética. Elías sintió una atracción magnética, un hambre voraz que no venía de su estómago, sino de la máquina.

    Estaba a punto de tocar el disparador cuando recordó a su abuela quien alguna vez le había dicho. Ten cuidado con las cámaras porque se dice que esos aparatos son capaces de robar el alma de las personas y que todo lo retratado habrá perdido gran parte de su ser.

    Elias que en ese momento tendría poco más de 15 anos pensó que su abuela posiblemente ya llevaba mucho tiempo sufriendo de vejez, por lo que simplemente ignoro el comentario y siguió con sus pasión por la fotografía.

    Así que con aquel recuerdo presente en su mente , su dedo comenzó a temblar sobre el disparador. No sabía porque pero el comentario de su abuela no abandonaba su mente.

    Cerrando los ojos hizo un gran esfuerzo y apretó conscientemente el disparador. No hubo un "clic". Hubo un sonido similar al de una sábana rasgándose violentamente, un grito de la física quebrándose.

    Fue instantáneo y aterrador. Elías vio a través de la lente cómo el roble, los bancos, los niños, las palomas y la luz misma se estiraban como chicle, succionados por un vórtice invisible que convergía en el diafragma de la cámara. En decimas de segundos que se movían muy lentamente Elias pudo ver como toda la realidad que existía en aquella lente se discipaba y se abalanzaba hacia el . No fue una explosión, fue una implosión de realidad. La materia se convirtió en líneas, luego en puntos, y finalmente desapareció dentro de la caja oscura.

    Elías levantó la cabeza, pálido, y se quitó la manga negra. Miró hacia el parque.

    Donde antes estaba el roble y la vida, ahora no había nada. Y no me era que hubiera un espacio vacío lleno de aire. No. Había una ausencia absoluta de materia, la realidad había dejado de ser dando paso a una "no-existencia" con bordes dentados. La luz del sol no atravesaba ese lugar; se detenía en seco en sus bordes y comenzaba a saltar hacia el otro bord

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