Cuento infantil de 6 a 11 años Hoy tenemos un microcuento, es decir, un cuento muy cortito para escuchar en un momentito. El niño perdido. María y Manuel llevaban toda la semana prometiéndole a su hijo Pedro. Un día de distracción, un día especial. El domingo iremos al centro comercial, le habían dicho. Miraremos tiendas, comeremos algo rico y si te Portas bien, quizá veamos juguetes. Pedro tenía 6 años y una imaginación enorme. Para él, cualquier lugar nuevo era una selva por explorar. Un castillo por descubrir o una nave espacial a punto de despegar. Así que aquel domingo por la mañana se levantó antes incluso de que sonara el despertador. El centro comercial estaba lleno de gente, familias, música, luces, escaparates brillantes y Globos de colores. Antes de entrar, María se agachó y miró a Pedro a los ojos. Escúchanos bien, le dijo con voz suave. No te separes de nosotros. Aquí hay mucha gente y podrías perderte. Sí, mamá, respondió Pedro, aunque ya estaba mirando un enorme cartel con dibujos de robots. ¿Siempre de la mano, añadió Manuel, de acuerdo? De acuerdo, repitió el niño, todo iba bien hasta que entraron en la juguetería. Era enorme, con pasillos interminables, estanterías que llegaban casi al techo y juguetes de todas las formas imaginables. Pedro Soltó la mano de su padre, solo 1 segundo, para acercarse a un tren que hacía un ruido muy peculiar. Luego vio un dragón, después un astronauta y cuando quiso darse cuenta, sus padres ya no estaban a su lado. Llamó en voz, agita. Nadie le respondió, Pedro sintió un pequeño nudo en la barriga, pero su espíritu aventurero pudo más que el miedo. Camino despacio entre las estanterías convencidos de que los encontraría enseguida. Fue entonces cuando escuchó una voz diminuta. No mires al suelo, muchacho, mira un poco más arriba. Pedro levantó la cabeza y abrió los ojos como platos sentados sobre una caja de puzzles. Había un gnomo con gorro verde, barba blanca y una sonrisa traviesa. Hola, dijo el gnomo. ¿Te has perdido? Creo que sí, creo que sí. Me he perdido, respondió Pedro. Pero solo un poco. De pronto, un oso de peluche movió la cabeza y añadió, lo te preocupes, aquí nadie se pierde del todo el gnomo saltó al suelo y le hizo una seña. Ven con nosotros. Te enseñaremos un lugar secreto. Sin pensarlo demasiado, Pedro lo siguió hasta una pequeña puerta que daba a la trastienda. Adi había cajas abiertas, juguetes antiguos y una alfombra suave donde podía sentarse a jugar. Pasaron horas inventando historias, construyendo castillos y riendo sin parar. Pedro casi olvidó que estaba solo. Mientras tanto, fuera de la tienda, el centro comercial entero estaba revolucionado. María y Manuel habían avisado a seguridad. La policía llegó, cerraron puertas, revisaron los pasillos, miraron las cámaras. La gente preguntaba, buscaba y ayudaba. Creemos que se lo han llevado susurraban algunos. María no podía dejar de llorar. Manuel Apretaba los puños con fuerza cuando la noche cayó y las luces se apagaron. Pedro empezó a notar algo nuevo, cansancio, mucho cansancio. Creo que tengo sueño. Dijo Bostezando. Eso es normal, respondió el gnomo. Los aventureros también descansan. Pedro se quedó dormido, abrazado al oso de peluche, sin saber que fuera de aquella trastienda todos lo seguían buscando con el corazón encogido. A la mañana siguiente, cuando las persianas del centro comercial subieron de nuevo, Pedro despertó sobresaltado. Mis padres. Exclamó de pronto. El gnomo ya no estaba, el oso tampoco se movía. Todo parecía un juguete normal. Pedro siguió. Un poco desesperado buscando la luz del día y sintió un gran vacío en el pecho. Se dio cuenta de lo que había pasado y se puso muy triste. Salió de la trastienda y se sentó en la entrada de la tienda esperando. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó un grito, Pedro, Pedro, hijo mío. María y Manuel corrieron hacia él y lo abrazaron con tanta fuerza que casi no podía respirar. Los 3 lloraron, pero esta vez de alegría, nunca me separaré de TI. Dijo con la voz temblorosa su padre. Tendría que haberos hecho caso, dijo Pedro. Sus padres sonrieron aliviados y lo abrazaron una vez más. Moraleja. Escuchar a los padres no es una obligación sin sentido, es una forma de cuidarse y de cuidar a quienes más nos quieren. A veces una pequeña desobediencia puede causar un gran susto.
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