Visitamos el taller del maestro Juan Carlos Pallarols, uno de los orfebres más reconocidos de Argentina, para conversar sobre oficio, trabajo y legado. Hablamos de su historia, de las enseñanzas de su abuelo y de por qué sigue “jugando” en el taller a los 83 años. Una charla sobre valores, arte y la importancia de mantener vivos los oficios.
00:00 Comienzo
00:53 ¿Cuándo sintió que su apellido pasó a convertirse en un símbolo?
01:49 ¿Qué lo mueve a seguir recorriendo el país y compartiendo con otros?
03:45 ¿Se puede recuperar esa cultura del oficio?
04:44 Usted contaba que su abuelo le enseñó a trabajar jugando. ¿Qué recuerda de ese momento?
05:42 ¿Cuándo supo que quería seguir ese camino?
06:44 Después de tantos años, ¿qué valores siguen presentes en el taller?
08:10 En un mundo cada vez más tecnológico, ¿cómo se puede volver a valorar lo manual?
09:28 Con 83 años, ¿qué lo motiva a seguir yendo al taller?
Abrazá un propósito. ¡Desafía al mundo e inspirá a otros!
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Te dejo un resumen del podcast:
¿Cuándo sintió que su apellido pasó de ser simplemente un apellido a convertirse en un símbolo?
Un símbolo te lo acepto, una marca no. Una marca es como una raza de perro o una marca de autos, y no me siento así ni quiero serlo. Nada es por casualidad. Vinicius de Moraes decía que la verdad de la vida era el arte del encuentro, y los encuentros van marcando el rumbo de la vida.
¿Qué lo mueve a seguir recorriendo el país y compartiendo con otros?
Recorro el país porque lo amo y porque en proyectos como el bastón de mando presidencial o el cáliz para el nuevo Papa busco que participe la gente. Cada ciudadano puede darle un golpecito a la pieza y dejar un mensaje. Eso me enriquece. El encuentro cambia el rumbo de la vida. Y hay una palabra que para mí es fundamental: el oficio. Un país crece cuando tiene gente que sabe trabajar.
¿Se puede recuperar esa cultura del oficio?
Para mí el oficio es el amor más grande de mi vida. En el oficio está la familia. Trabajé con mi abuelo, con mi padre, con mis hijos y hoy con mi nieta. El oficio transmite valores y forma personas.
Usted contaba que su abuelo le enseñó a trabajar jugando. ¿Qué recuerda de ese momento?
Hay un cartel en el taller que dice “Sigo jugando con el abuelo”. Él me decía que el trabajo tenía que ser una diversión. Un día, cuando yo tenía unos cuatro años, me puso a revolver cantos blancos en agua como si fueran porotos. Estuve horas haciéndolo. Esa lección me enseñó paciencia.
¿Cuándo supo que quería seguir ese camino?
Creo que ese mismo día. Y también cuando empecé a hacer pequeñas piezas y mi abuelo me enseñó que el trabajo siempre se paga. Tenía unos cinco años y entendí que lo que uno hace tiene valor.
Después de tantos años, ¿qué valores siguen presentes en el taller?
Todos. Sigo jugando y me alegra ver que quienes trabajan conmigo también lo hacen. El taller es como una casa. Si no hay alegría, el oficio se vuelve un castigo.
En un mundo cada vez más tecnológico, ¿cómo se puede volver a valorar lo manual?
Hoy se habla mucho de inteligencia artificial y de robots. Yo, por ejemplo, me hago hacer los zapatos a mano porque estoy alimentando un oficio. Los robots pueden ayudar donde el ser humano corre peligro, pero hacer competir al hombre con un robot es una crueldad. Tenemos que colaborar.
Con 83 años y una trayectoria enorme, ¿qué lo motiva a seguir yendo al taller?
Seguir jugando. Es muy lindo llegar a esta edad y seguir soñando, rodeado de buena gente y de valores compartidos.
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