Cuarto Domingo de Cuaresma
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El ciego de nacimiento
El domingo pasado nos fijamos en el agua, uno de los cuatro elementos naturales, indispensables para la vida humana. Pertenece al inicio de la vida cristiana, cuando somos bautizados. Sin agua no es posible ni la vida natural, ni la sobrenatural. Este domingo consideramos otro elemento crucial, la luz, sin la cual tampoco puede crecer la vida. Es parte del rito del bautismo, cuando acercamos al recién bautizado una vela encendida, que simboliza la pureza del alma, llena de luz. Jesús es la luz que vino a dispersar las tinieblas. En la Vigilia Pascual representamos esta realidad, cuando poco a poco, encendiendo las velas que la gente tiene en sus manos, se ilumina toda la iglesia.
Hoy en el Evangelio nos encontramos con un ciego de nacimiento. Es difícil para nosotros hacernos cargo qué significa ser ciego. Intenta cerrar tus ojos y mantenlos cerrados por un buen espacio de tiempo; no creo que dures mucho. La ceguera de nacimiento es más dura, pues no puedes soñar con imágenes. Una vez intentaron explicar a un ciego el color rojo. Después de muchas explicaciones, intentando compararlo con un instrumento caliente, el ciego dijo que debía ser similar al sonido de una trompeta. Los colores no tienen mucho que ver con los sonidos. Imagina cuando comparamos las cosas espirituales. Debido al pecado original estamos medio ciegos, y necesitamos que Jesús nos cure de nuestra ceguera, para poder verle.
Jesús hizo barro con su saliva, se lo puso en los ojos del ciego, y le dijo que se fuera a lavar a la piscina de Siloé. ¿Por qué lo hizo? Podía haber tocado sus ojos y haberlos curado. Es un recuerdo de que estamos hechos de barro, de que nuestros pies se pueden romper fácilmente. La piscina de Siloé estaba afuera de los muros de la ciudad. El ciego podía haber ido a una fuente cercana a lavarse los ojos, pero no hubiera servido. Jesús quería que caminara con fe, que enseñara a los otros su confianza en Dios. Podía caminar con el barro en sus ojos, porque era ciego y conocía el camino de memoria. Nosotros también tenemos que enseñar a lo demás que confiamos en Dios. La saliva de Dios lo curó, pero tenía que mezclarse con nuestro barro, con nuestra humanidad.
Echamos en falta algo, cuando no lo tenemos. No nos damos cuenta habitualmente de que estamos ciegos al mundo espiritual. Valoramos nuestros ojos cuando no podemos ver, de la misma manera que cuando nos duelen o necesitamos gafas. Tenemos dos ojos porque son muy importantes. También tenemos dos orejas para poder oír mejor. Pero sólo tenemos una boca para no hablar demasiado. Reconocemos que estamos ciegos, cuando percibimos que los santos ven cosas que nosotros no vemos. Nos gustaría ver lo que ven. Podríamos ver con los ojos de Jesús. Santa Teresa de Ávila quería saber el color de los ojos de Jesús, cuando este se le aparecía; dice que cuando lo intentaba, la aparición desaparecía.
Hoy le pedimos a Jesús que nos cure de nuestra ceguera espiritual. Primero tenemos que reconocer que nuestra alma tiene ojos, y que estos están cerrados. Luego tenemos que dejar que él nos ponga barro en ellos, y andar con la cara sucia, enseñando a los otros nuestra ceguera, hasta que nos acerquemos a las aguas de la confesión. Y debemos hacerlo, no una o dos veces, sino miles de veces. Poco a poco comenzaremos a ver, al principio sombras, luego chispas de luz. Cuanto más los limpiemos, más luz veremos. No podemos ver toda la luz desde el principio pues nos dañaría los ojos. Y así podremos descubrir las maravillas de la vida espiritual.
josephpich@gmail.com