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No sabemos mucho de San José. Su vida está envuelta en silencio. Hay un libro titulado los Silencios de San José, que intenta rellenar esos vacíos. No tenemos nada de él, ninguna reliquia, ningún mueble hecho por él, ni siquiera el lugar de entierro. En el evangelio José no dice nada; no nos ha dejado ninguna palabra. Lo vemos siempre detrás de María, en la sombra. No sabemos ni cuando murió. Por eso no es fácil hablar de él.

Dios concedió a María, la madre de Jesús, las gracias y los talentos necesarios para ser la madre de Dios; por eso decimos que no hay ningún ser humano como ella. Dios nos da las gracias que necesitamos para cumplir nuestra misión. Después de María, José. Su misión fue hacer de padre de Jesús. Por eso Dios le dio las gracias para ello. No fue una tarea fácil. Podía haber hecho lo que quisiera en la vida. Tenía los talentos suficientes como para llegar a ser emperador romano. Sin embargo, se dedicó a cortar maderitas. Vino, hizo lo que Dios le pidió, cumplió su misión, y desapareció. Y aquí estamos, veinte siglos después hablando de él, intentando descubrir su vida. Queremos conocerlo mejor, para que nos ayude, aprender de él y que nos acerque a Dios.

Fue un hombre ordinario, un trabajador que se ganó la vida trabajando con sus manos. Procuró el sustento de su familia y protegió a su mujer y al niño. Nos resulta cercano, pues nosotros hacemos lo mismo. Vivimos nuestras vidas trabajando y cuidando a nuestros seres queridos. José vivió en una aldea perdida, sin electricidad y agua corriente, como la mayoría de los seres humanos han vivido. Pasó su vida trabajando en su taller de carpintero, enseñando su oficio a Jesús. Celebramos cada año la fiesta de San José obrero el primero de mayo.

En medio de su vida muy ordinaria, podríamos decir que incluso aburrida, vivió entre dos tesoros inmensurables: María y Jesús. Podemos imaginarnos cómo fue su vida, entre lo que llamamos Sagrada Familia, la Trinidad de la tierra. No ha habido ni habrá una familia como esta. Es el modelo de toda familia cristiana. Podemos aprender y tratar de vivir como ellos. José es nuestro mejor maestro, porque es más cercano a nosotros, discreto, callado, humilde, silencioso. Nos podemos poner en su lugar.

Santa Teresa de Ávila tenía a San José como su santo favorito. Confió su primer convento a su patrocinio. Ella dice que San José nunca la defraudó, que siempre le concedió lo que le pidió. Las Carmelitas tienen una estatua del santo que solía hablar a la santa; se le ve con la boca abierta. Hoy le pedimos a San José que nos hable, que nos ayude a vivir con su Sagrada Familia.

josephpich@gmail.com

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