La celebración y la contienda (Nehemías 6:15-19)
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Llegamos hoy a un momento que el pueblo de Dios había esperado con ansia, con sudor, con temor y con fe. Después de semanas de trabajo agotador, de noches de vigilancia, de oposición externa, conflictos internos y ataques constantes del enemigo, finalmente el muro de Jerusalén quedó terminado.
Nehemías registra este hecho con sobriedad, sin adornos emocionales exagerados, pero con una carga histórica y espiritual inmensa. Lo que había comenzado como una noticia dolorosa en Susa, cuando Nehemías oyó que Jerusalén estaba en ruinas (Nehemías 1:3), ahora culmina con una ciudad nuevamente cercada, protegida y restaurada.
El muro no era solo piedra. Era identidad. Era dignidad. Era testimonio. Era obediencia. Y, sin embargo, el texto nos enseña algo que a veces preferimos ignorar, es decir, que el cumplimiento de la obra de Dios no elimina automáticamente la oposición. De hecho, muchas veces se intensifica. Por eso, el pasaje que hoy estaremos meditando, puede resumirse en el título de nuestro sermón: La celebración y la contienda.